Uplift Primavera 2018
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El Sacramento de Tocar – por Mark Etling

La primavera pasada, mi esposa Terry, fue diagnosticada con un Nivel 4 glioblastoma tumor cerebral. Desde entonces, ha pasado por cirugía exitosa para sacar el tumor, 3 semanas en un centro de rehabilitación, y 6 semanas de quimioterapia y radiación. Ahorita está en medio de la segunda serie de quimioterapia y gracias a Dios, no ha recurrido el tumor.
Terry ha experimentado efectos secundarios de todo esto. Ha perdido su apetito, y cuando come, casi nada le sabe bien. Tiene fatiga extrema del cáncer, que quiere decir que para la mayor parte del día en cama. Persevera mucho – los mismos pensamientos siguen dando vueltas en su cabeza, y los repite y repite más a cualquier persona este con ella.
Siempre ha sido una persona ansiosa – ahora se pone ansiosa con el más pequeño cambio en rutina diaria. En situaciones sociales, le da pánico y quiere irse después de unos cuantos minutos.
Somos miembros de la Parroquia de San Vicente de Paolo cerca del centro de San Luis. Casi siempre asistimos a la Misa dominical de 9am. Y como muchos buenos Católicos, casi siempre nos sentamos en la misma banca con el mismo grupo de feligreses.
Un domingo de Cuaresma fuimos a la Misa de las 9am con nuestro nieto, Brandon. Durante la Liturgia de la Palabra, Terry parecía calmada y entretenida. Aun se paró para el Evangelio y el Credo. Comenzó a cambiar durante el ofertorio.
“Mark, me tengo que ir. No lo puedo hacer.”
“Estas bien,” le susurré. “Falto poco.”
“Mark, me prometiste que nos podíamos ir si no lo podía hacer.”
“Yo sé. No falta mucho tiempo. Brandon tiene que subir al altar con la comida que trajimos.”
“Quiero irme.”
Seguía y seguía y seguía.
Para cuando regresó Brandon, ya había yo perdido la paciencia. Le dije a el que nos teníamos que ir temprano, y comencé a abrocharme la chamarra. Voltee mis ojos a Terry. Había dejado de perseverar. Su ansiedad había disminuido. Estaba sentada en calma, en paz, ojos fijos en el altar. ¿Qué había pasado?

Baje los ojos. Sheila, una de las feligreses “regulares”, sentada con su esposo e hija en la banca en frente de nosotros, había volteado y tenía la  mano de Terry.
Mientras que mis ojos se llenaron de lágrimas, le di la mirada a Sheila y le dije, “Muchísimas gracias.”
Unos minutos después, otro “regular”, nuestro amigo Jeff, tomo su turno. Mientras que tenía la mano de Terry, le susurraba su admiración por su coraje e inspiración.
Nos estuvimos hasta la bendición de la Misa. Terry prestó atención y pudo responder – hasta camino hasta el altar a recibir Comunión.
Terry había sido sanada – por la acción sencilla y sagrada de tocar.
Como sabemos por las noticias estos días, tocar es un gesto profundamente ambiguo. Tocar sin  que la persona lo acepte puede ser acto violento, una forma de imponer el poder, un asalto en la integridad corporal de otra persona.
Pero como demostraron Sheila y Jeff, tocar puede ser acción de hacer paz, de comunión, de sanación.
Fui recordado que el domingo somos los ojos y oídos y manos de Dios. Dios no dispensa la gracia de sanación desde el cielo. Nosotros – la presencia encarnada de Dios en la tierra – somos responsables de traer la sanación de Dios a nuestros hermanos y nuestras hermanas en dolor. Dios nos espera a nosotros, Dios depende en nosotros para sanarnos unos a otras.
Ese día fui testigo de primera mano del poder sagrado – me atrevería a decir milagroso – del toque humano.
La mano de Sheila era la mano de Dios. La mano de Jeff era la mano de Dios. Un milagro de sanación ocurrió ese domingo. Terry fue sanada, y yo también.
[Mark Etling es Coordinador de Programas Espirituales en el Santuario Nacional de Nuestra Señora de las Nieves en Belleville, Illinois. También profesor asistente adjunto de la Escuela de Estudio Profesionales en la Universidad de San Luis.]
Vuelto a imprimir con permiso de National Catholic Reporter Publishing Company, Kansas City, MO.

Algunas personas llegan a nuestras vidas, dejan huellas en nuestros corazones, y nunca somos igual.”

Flavia Weedn

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